CAPÍTULO DE "LOS ALUMBRADOS"

Mi provincial de Sevilla, Majestad, me ordenó que ni un despegue más de labios. Y me exigió mis papeles.

El padre Provincial reclamó al prior a Sevilla. Con la urgencia -dijo en su carta- que vuestra precaria salud consienta.
Fray Alonso efectuó el viaje en carro, despidiéndose de las laderas soleadas por las que se encaramaban los olivos. Ringleras de chopos.Un cielo de estaño. Semidormido con el traqueteo pasaba las horas hurgando en el crepúsculo de su memoria: púlpitos y persecuciones se diluían en una niebla de la que surgía Marcelo remiso a vadear un río. El mulo y el sol. Soles crudos de julio, calizos, alumínicos, azufrosos, palúdicos. En la emoción del fraile se dislocaban bosques, oteros y encinares, se disolvían amarillos de escobas, blancores de jarales, oro de muérdagos, eras doradas. Monotonía de grillos en un silencio de tiempo detenido. Ávido apresaba el prior un fugaz reflejo luminoso o su mirada se perdía en la distancia. Para no conversar con los viajeros se fingía dormido. Y a ratos abría los ojos al austero encinar, a las oscuras aguas estancadas de las charcas, al agrio color de los verdes sucios. Una telaraña de nubes traía una luz indecisa y colada.
El anciano Provincial de Sevilla le recibió en su sombrío despacho sentado a una mesa con una calavera carcomida y un candelabro de barro con torcida de brea. Parecía el Provincial un hábito flotante del que emergía una mínima cabeza. Las manos, sin venas, trasparentaban los huesecillos en una piel traslúcida. Fray Alonso se había prosternado a los pies del Provincial que le ayudó a reincorporarse. Tarea prolija porque el prior primero hubo de alzar una pierna y conseguido ya un punto de apoyo levantó la otra y se dejó conducir hasta una silla.
El Provincial, risueño, aseveró que por todos pasaba el efecto del tiempo y que los años estragaban, pero autorizaban también.
-Rostros sin dientes, paternidad, hacen muertos a los vivos -dijo fray Alonso.
-Ya, ya. Cada día se lleva algo.
-Esa lima sorda -jadeó.
-Aún recuerdo -comentó el Provincial- cuando se decidió enviaros a Extremadura. Erais un arcángel de Giotto.
Fray Alonso movió la cabeza en emocionada aquiescencia y se interesó por fray Sotero.
Se había extinguido un rayo de sol que iluminaba un severo mueble de herrajes góticos. La estancia quedó agrisada.
-¿De qué se adormeció en el Señor fray Sotero, padre Provincial? También querría preguntaros si dejó caer alguna palabra para mi persona.
El Provincial repuso que fray Sotero siempre os defendió. Fray Alonso se presionaba con la diestra la hinchazón del vientre.
-¿De qué murió mi venerable fray Sotero?
El Provincial respondió que de fiebre sincopal tras un mes de dolentía. Murió cianótico.
-Qui pauci restant...
-Tuvo una agonía preciosa.
-Por toda Castilla -musitó fray Alonso- se abate la sudorosa.
-No empecéis prior -le reconvino el superior.
-La gente se acuesta sin cenar y sueña con muertos. He visto un mendigo comer leña.
-Nada de profecías.
-La nobleza -acusó fray Alonso con un índice engarfiado- ostenta el lujo delante de la hambruna. No es cristiano. Dicen que este año volverán la langosta y las nubes ociosas.
-Sí, sí, pero vuestro dragón se marchó -rió complaciente el Provincial.
Se entretenía en deslizar unos garbanzos por la superficie de la mesa mientras el prior se preguntaba para qué habría sido llamado, conociéndose su fatigada salud. Temía que tal vez el Provincial le apeara de su autoridad con pérdida del priorato. Si le privaba de aquella prebenda le aceleraría la muerte: Pero no pienso suplicar. A lo más que me envíe a un convento cálido y me den ocupación en la enfermería, pues antes o después allí iré.
-¿Por qué os empecináis ahora con el Rey? -preguntó de improviso el Provincial, agrandando una sonrisa sin dientes.
-Está poseído.
-Fray Alonso -le reconvino afable.
-Amparado por el secreto de Estado y por nuestro Alto Tribunal, que él maneja a su contento, ha devenido en herramienta del demonio.
-¿Osáis el abismo? -preguntó sin borrar una sonrisa indescifrable.
-¿Qué sería del Rey si la Iglesia le retirara su apoyo?
-No pongáis tasa, ser travieso, donde la Iglesia no la pone -murmuró con severidad.
El fraile se lanzó a un borbotón de palabras probatorias de que el Rey era un experto en venenos.
-Yo nunca estoy ocioso -dijo el prior serenándose- y tengo aún dentro del Alto Tribunal fraternales contactos que me informan. ¿Por qué le ponen bozal a un anciano? Pero si Dios me concediera dos años desenmascararía la impostura. Así que en manos de Dios pongo mi destino.
-¡Qué sabemos nosotros! Ni siquiera sabemos lo que no sabemos -comentó distendido el Provincial.
-Habláis -criticó fray Alonso humildemente- como un agustino.
-Aprended a olvidar.
Luego deletreó que tenéis el alma con escarchas y brumas. Sois el último cruzado que no sabe ya dónde están los Santos Lugares. Viejo y enfermo habéis decidido morir con las botas puestas. Descansad al menos de las espuelas.
Fray Alonso oía al Provincial pero no le escuchaba, empeñado en decirle todo cuanto había ido guardando en los nichos de una memoria ya en barbecho.
-Padre Provincial: Las memorias han de escribirse cuando aún se tiene memoria.
-Atinado.
-Yo sé y me aterra saber lo que sé. Y para no olvidarlo, escribo mi vida.
-Contad hasta diez. La Suprema, fray Alonso, no olvidadlo, es un Consejo del estado, no de la Iglesia.
-Cuando el reinado de Felipe -dijo el fraile de memoria- toca a su fin, el Rey ha perdido el norte de los Países Bajos. Ahora quiere purgarse con una nueva invasión de Inglaterra. Todo sería muy fácil para que cesara la ira de Arriba: demostrarle a los alumbrados, ensoberbecidos por su éxito, que no tienen sitio en esta tierra. Reabrir el auto.
El padre Provincial sonrió descubriendo un colmillo afilado sin compañía, y en tono amistoso festejó algo.
-Lo que vuestra paternidad diga -replicó fray Alonso con la boca entreabierta por la disnea y enseñando la raíz de unos dientes en encías blandas.
-¿Y la herida de Pérez cerrada en falso? -insistió.
-Que sí, que sí -dijo el Provincial mientras se guardaba los garbanzos en la faltriquera.