CAPÍTULO DE "GUÍA DE BASTARDOS"
A lomos de mula recorrí un paraje de pizarral y riachuelos que se hacían hombres en su descenso a los valles para serenarse en dos ríos de ancho pecho y aguas quietas: el Lupino y Puerta Cuerpo. Distinguí los barracones para presos políticos. Llegué a Rancallán e hice noche en un pajar.
Cumbres albergaba casi doce mil habitantes desperdigados por aldehuelas que parecían despeñadas desde las alturas a las barranqueras. Escombros de alquerías en un amontonamiento de pizarra, piedra, barro y techumbres vegetales para que el humo respirase por los entresijos de las ramas. En aquellos círculos neolíticos, forrados de escobones, un único espacio se utilizaba de cocina, dormitorio y zahúrda. Por el suelo jergones rellenos de farfolla y alguna zalea para el frío. En las pedanías y en los ayuntamientos mejoraba la vivienda, pero ninguna había superado el albañal.
La capital de la comarca era el ayuntamiento de Riolímite, y a su alcalde presenté mis papeles de parte de la señora Amparada. La plaza del pueblo se amueblaba con carros de labranza, humillados,y la refrescaba un regato de agua callejera. Riolímite censaba casi dos mil vecinos, pero en las alquerías apenas cuajaba el caserío y sus habitantes morían de inanición. La natalidad se imponía a la mucha mortalidad y no desaparecían los poblados por el ancestral apego de los moradores a una tierruca tejida de caminos de cabra. En tres alquerías sobrevivían ermitas de arrabal. El cura de Riolímite visitaba los poblados para el cumplimiento pascual y se cobraba en aceite, cabritos y cochinos menudos que luego vendía. Pensé en mi abuelo: cada lechón de un pelo distinto.
Recorriendo la montaña llegué a las ruinas de un convento utilizado como cabritero y elegido por las vacas de vientre y los caballos cimarrones para sestear y librarse de la mosca. En tiempos del Rey Teseo fue hospital franciscano con pequeña iglesia adosada, refectorio y minúsculos dormitorios para media docena de frailes. El párroco de Riolímite sopesó alquilarme el ruinoso convento, pero a mi cargo correría desalojar a los animales, debiendo saber que los cabreros era gente agria.
- Lo mismo un día cae usté a una baranquera por no saber pisar estas veredas desastrosas -me avisó un hombre mínimo y terrible.
- Iré con cuidado.
- Nosotros tenemos fama de que pagamos en pellicas.
Amenazaba con los ojos entornados, igual podía tener treinta años que doblarlos, encías gordas, balba negligente y bocio descolgado como una ubre. Padecía un escorbuto más rancio que un zarzal.
Saqué del convento dos cabritos y los ahorqué de un fresno. Cuando los cabreros me buscaron encaré la escopeta y disparé tiros al aire, pero al de edad indefinida le sembré el trasero de sal. Comuniqué al párroco que ya tengo, padre, el camino expedito, deseo vivir en el convento que iré rehabilitando, así que disponga usted la renta. Trescientas pesetas anuales, pero para las obras de reforma yo dispondría del trabajo de los vecinos a los que acarrearía cuando alzaran las minúsculas eras y vareasen los raquíticos olivares, con un pan borracho en aceite.
- Hijo: ha venido a una comarca con dos curanderos. Amóldese o tendrá que marcharse como sus últimos colegas.
- No me marcharé en mucho tiempo.
- Ya -se conmiseró cómplice.
El alcalde de Riolímite deseaba llevarse bien conmigo y me presentó a Oñoro, asistente de los últimos jefes de botiquín, que me observó con la indiferencia de quien mirara un ave de paso. Le faltaba el brazo izquierdo y era hombre sentencioso que sabía leer, escribir y empleaba palabras instruidas. Me estimuló que, bien llevadas las hierbas, habría negocio más que suficiente. El último no quiso venderlas y así le fue. El personal no salía de la montaña y al médico ni le cataban:
- Matasanos que tienta el puso en el hombro. Los orines al mortero. Mal cirujano que hace la llaga gusanienta. Nunca acude bien acuchillado. Y el boticario de Riolímite tiene las redomas sucias y se equivoca de tarros. Perennes son los curanderos de la Rasca, el de Leonato y otro que se acerca los primeros viernes para la novena de la salud -dijo Oñoro de carrerilla.
Me fue abriendo los ojos para que entendiera a los vecinos de Cumbres: reverenciaban la memoria del santero de Leonato que en curó el paludismo haciendo bailar al paciente alrededor del torvisco hasta que sudara. O amasando una torta en aceite de oliva para colocarla debajo del brazo derecho del palúdico: Cuando la torta se empapara de sudores sería manjar para un perro que, al comerla, cargaría con la fiebre. Para acelerar partos trabajosos utilizó el de Leonato víbora tostada reducida a polvo y mezclada con vino. Otro remedio que le sobrevivió fue colgar al cuello de los rabiosos una bolsita con el cálculo de un liático expelido espontáneamente. También fueron muy apreciadas en sus sartas de la leche y de la calentura. Y los testículos secos de un zorro en bolsita escapulario al cuello.
- El santero de Leonato llegó a curar el mal cristalino con unto de hombre que hubiera muerto de mala manera. Y nos decía que rezásemos a San Bailón porque avisaba de la muerte a sus devotos con tres golpes en el cabecero de la cama.